Quizá
todos pensemos que la época que nos ha tocado vivir es una época excepcional.
Al menos así lo hacemos quienes nacimos en la década de los cincuenta del siglo
pasado y formamos parte de la llamada generación de los “baby boomers”. Nos
tocó salir al mundo, recién terminada la segunda guerra mundial cuando se
respiraba un anhelo de volver a vivir cabalmente, después de tantas muertes.
El
ambiente que se vivía en los años ‘50 y ‘60 era de mucho entusiasmo, era un clima
en el que se gestaron cambios como la píldora anticonceptiva y la liberación
femenina, que presagiaban ya mutaciones como las que produjo el movimiento del ‘68
en Francia que repercutieron en otros países, como el nuestro.
En
México, este aliento democratizador, abrió las puertas a un cambio en las
instituciones de enseñanza superior que tuvieron que modernizar la forma en que
venían operando, para poder atender las nuevas demandas sociales.
En
particular la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM) abrió planteles de
educación superior fuera de su campus central en Ciudad Universitaria. En 1974
se abrió la primera de las entonces Escuelas Nacionales de Estudios Profesionales,
la ENEP Cuautitlán. Esa escuela y las otras cuatro que se abrirían en los siguientes
dos años; en el 75 y en el 76, dieron a muchos jóvenes la oportunidad de
integrarse a ellas
En
esos años, llegamos a la FES C - lo digo en plural- muchachos con mucho
entusiasmo, con muchas ganas de tomar la oportunidad que el destino nos estaba
ofreciendo.
Entre
esos jóvenes que llegamos estaba Juan Antonio Montaraz quien sería más adelante
director de la escuela. Estaba también Jorge Martínez Peniche, quien también
tuvo una carrera muy notable en la misma facultad. Estaba yo y estaba Jorge Tórtora.
Jorge
Tórtora, a diferencia de los otros tres, no había nacido en México. Era uruguayo. Formaba parte de una corriente
importante de inmigrantes talentosos, del cono sur, que se dio en los años
setenta y ochenta del siglo XX. En particular hacía espacios académicos.
Recuerdo
muy bien la manera como entablé relación con cada uno de los tres académicos
mencionados, los dos Jorges y Juan Antonio. Con Martínez Peniche, hablando de
beisbol, con Juan Antonmio, de ajedrez y mi primera imagen de Tórtora fue verlo
pegando anuncios para una plática. Pensé; “somos bichos del mismo pelaje”.
Cuando
Jaime Keller fue director de la escuela, a mí me tocó ser Secretario Académico y
compartir con los otros tres amigos, responsabilidades administrativas. Juan
Antonio se hizo cargo del Posgrado e Investigación, Jorge Martínez Peniche de la
administración del campo uno y Jorge Tórtora de la parte de Medicina Veterinaria
y Zootecnia.
Como
he escrito y he dicho en alguna otra parte, éramos unos jóvenes llenos de
entusiasmo, de romanticismo, de ganas de transformar el mundo. Y el mundo más inmediato que teníamos a
disposición, para intentar cambiarlo, era el de nuestra docencia y del de
nuestra actividad académica.
Dedicábamos
tiempos larguísimos, que nunca parecían suficientes, a discutir, analizar y planear
los cambios que queríamos. Como no nos
alcanzaba el día laboral, todavía lo hacíamos en los fines de semana e incluso
nos gustaba vacacionar juntos.
En
esas vacaciones juntos también participaban nuestras familias: nuestras esposas
y nuestros hijos. Así constituimos un
bonito grupo al que llamamos el grupo Tecolutla, porque algunos de los viajes
que realizamos los hicimos a esa playa.
También
viajamos a Zacatecas en la época en que todavía había trenes a esa ciudad. Recuerdo el viaje, cenando en el vagón
restaurante discutiendo, como siempre, apasionadamente, antes de irnos a dormir
a nuestros camarotes.
Cualquiera
que nos hubiera oído, hubiera pensado que se iba a romper una amistad de años,
pero ¡no!
Al
día siguiente, como si nada hubiera pasado, todos éramos tan amigos, como
siempre. Todos teníamos distintos puntos
de vista, todos los defendíamos con mucho encono, con mucho ardor y con mucho cariño,
pero terminada la discusión, simplemente dábamos vuelta a la hoja y se hacía
alguna de las cosas de las que habíamos hablado.
Seguíamos
empeñados en mantener funcionando una escuela a la que le teníamos mucho amor. Así
recuerdo yo a Jorge Tórtora en aquellos primeros años: ¡Apasionado y
comprometido!
Después
el tiempo nos quitó lo jóvenes, pero no lo apasionados. Cada uno fue siguiendo
su camino: Juan Antonio ya está jubilado, aunque siguió hasta el final en la FES
Cuautitlán, al igual que Jorge Tórtora, Jorge Martínez Peniche, regresó a la Facultad
de Química, yo regresé también a Ciudad Universitaria, a la DGTIC.
Pero
el destino no descansa. Nos tenía preparado un reencuentro de los cuatro.
Ocurrió el año pasado, con motivo de la ceremonia de despedida de Juan Antonio Montaraz.
Ahí repetimos la foto que nos habíamos tomado en Zacatecas, varios años antes. Estas son las fotos que ilustran el texto.

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